NACIONALISMO
NACIONALISMO
El modelo de Estado y la cuestión autonómica son asuntos que acaparan la actualidad temática de la política nacional en los diversos medios de comunicación. Es lo cierto que los objetivos electorales magnifican los ecos reivindicativos de los megáfonos nacionalistas, pero es fácil intuir que ha llegado el momento de alejar definitivamente los fantasmas de nuestro inconcluso modelo de organización territorial, si no queremos vernos condenados a vivir para siempre con su inquietante presencia. Hace más de veinticinco años, los españoles supimos superar una delicada situación que amenazaba la buena salud de nuestra convivencia pacífica y acometimos el desarrollo de un proyecto de futuro como nación soberana en el contexto europeo y occidental. Por ello, no deberíamos albergar tantos temores y reticencias a la hora de abrir un debate amplio, profundo y sosegado que permita mejorar el actual modelo, sobre la base de la experiencia adquirida y la tradición que se ha ido consolidando; un debate en el que deben participar todos los representantes políticos, de ámbito nacional y autonómico, así como los distintos sectores económicos y sociales, analizando nuestros logros y las dificultades surgidas desde entonces, así como las nuevas necesidades y legítimas aspiraciones de los distintos pueblos de España, conciliando intereses y aunando esfuerzos y aportaciones. Resulta cuando menos chocante la “imagen-cliché” de un nacionalismo reivindicativo frente a un poder central impermeable al diálogo abierto y público, con el único argumento de que Constitución y Estatutos de autonomía son “intocables”, olvidando que la nación se constituyó libremente en 1978 como un estado democrático y social de derecho en virtud de pactos y transacciones, cuyo resultado ratificó con ilusión la inmensa mayoría de los españoles. Pongamos sobre la mesa las posibilidades reales de desarrollo del grado de autonomía, delimitemos con precisión el “minimum” necesario para que el Estado Federal que debe ser España funcione con eficacia, garantizando la libertad e igualdad en el ejercicio de los derechos y deberes de los ciudadanos, conjugando los distintos intereses territoriales con el interés nacional, corrigiendo desequilibrios, sumando generosamente las potencialidades que unos y otros materialicen en el ejercicio de sus respectivas competencias. Corresponde a los grandes partidos de ámbito nacional, precisamente por su capacidad para conformar de forma estructurada y coherente la voluntad de los ciudadanos de las diversas nacionalidades y regiones del Estado, liderar y encauzar esta iniciativa, anticipándose a los tiempos sin complejos, con mente abierta y juego limpio. El panorama actual recuerda las interminables pugnas por el poder entre señores territoriales y una realeza ora intransigente ora benévola (siempre en una posición incómoda), propias de épocas feudales. A todos nos concierne y todos debemos participar en la inagotable tarea de construir una nación fuerte, integrada por nacionalidades concebidas como realidades de población, territorio y organización, cuyos intereses y aspiraciones pueden satisfacerse con amplia autonomía y perfecta armonía. Para no estar siempre hablando de lo mismo. *(Artículo confeccionado 2003, plenamente vigente, por desgracia)
